Con Meek’s Cutoff, Kelly Reichardt dejó advertido al personal que los detalles que le importan de una historia son otros. Y aquello que hizo con la conquista del oeste americano, lo hace ahora con las películas de atracos.
Si, como yo (nada del que suscribe ni mierdas), entras en el viaje y te dejas llevar por imágenes reposadas, colores tímidos, donde el azul del cielo siempre es blanco; personajes que no gritan, por más enojados que estén, diálogos prácticos y epopeyas mínimas, la delicadeza y lo que puede parecer simpleza de lo narrado se tornará en diversas corrientes de lectura. La directora deja tanto tiempo al recreo, que te ayuda a adaptarte a tu propio discurso.

The Mastermind cuenta la decadente historia de JB Mooney, un carpintero en paro que se cree el minucioso e idóneo autor intelectual para diseñar un atraco a un museo y robar obras de arte moderno. Estamos en 1970 y la seguridad de las pinacotecas, como en el Louvre, es aún algo tibia, por lo que el robo, más cercano a Un pez llamado Wanda o La Pantera Rosa que a Rififi o Atraco perfecto, acaba en éxito. Sin embargo, lo difícil para JB Mooney vendrá a continuación ¿qué hacer con los cuadros? ¿cómo lo verá mi familia? ¿asumo las consecuencias? ¿cómo desaparezco? ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar?
Reichardt, y su artesanía del gusto, su rebeldía ante gigantes y su manera de contar los rincones de cualquier género, han vuelto a demostrar que sí se puede. Y, por fin, una autora necesaria y alternativa, ha proyectado su obra en unos multicines, en versión original y en la Fiesta del Cine. Si alguien quiere entrar en su universo, esta es la película por la que debería.








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